Río perdido

Río perdido

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Gracias a Marvie y Dall, la primera comida de domingo que Ina tomaba en su casa no transcurrió aburrida ni molesta para la joven. Los dos hermanos menores tu vieron la inteligencia de comprender la oportunidad que facilitaba sentarse a la mesa en compañía. Dall tenía un secreto que compartía intuitivamente con Ina. Marvie dióse sutilmente a la oposición con toda la ingenuidad y diablura de un muchacho espabilado. Algunas de sus observaciones no fueron entendidas por su padre, quien, comiendo con buen apetito, no era dado a la observación. Lo mismo pasaba a su madre, ensimismada en sus pensamientos. También pasaban inadvertidas a Sewell Macadam, pero no así a Katie, que le miraba con ojos furibundos, ni a Ina, que le daba golpes por debajo de la mesa, sin que el muchacho se inmutara.

—Señor Macadam, debe usted de tener muchas novias con esos caballos tan veloces que posee —observó Marvie cándidamente—. La mayoría de las muchachas no re pararían en nada con tal de poder salir en coche tirado por tan buenos caballos.

—No son tantas, Marvie —repuso el joven.

—¿Sabe usted llevarlos con una sola mano… para tener libre la otra? —inquirió el chico.

—Con el meñique los llevaría.

—¡Qué bien! —exclamó Marvie.


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