RÃo perdido
RÃo perdido Sewell Macadam era comerciante. VendÃa de todo, al contado, nada de créditos; lo que importaba eran las ganancias; largas horas y poco sueldo para los empleados…, de todo habló volublemente. Sus ratos de ocio los dedicaba a los caballos de carrera, al adorno de su persona, al juego de naipes y a las mujeres bonitas. ¡Jamás habÃase sentido Ina tan halagada! Sewell no amaba la vida al aire libre, nunca habÃase sentado junto a la fogata de un campamento. Conceptuaba que la caza implicaba un trabajo demasiado duro y que el pescar con caña era perder lastimosamente el tiempo. El avenamiento del lago Tule dijo que era un golpe maestro de comerciantes inteligentes, de los cuales uno era su padre. Nunca habÃa visto un caballo salvaje, ni el gris purpúreo de la artemisa en los montes.
—Salgamos un poco a pasear por el patio —sugirió Ina al fin, levantándose. Asà le obligó a salir donde hubiese aire, pero sin que pudiera marcharse. Inspecciona ron los corrales, los cobertizos, graneros, caballos, y en todo halló defectos el señor Macadam. Odiaba la vida de campo.
—A usted le gustará vivir en Klamath Falls —dijo de pronto, como inspirado.
—Ya lo creo —murmuró Ina ahogando la risa. Anhelaba la joven que volviese Marvie, lamentándose de que a su favorecido adorador de la ciudad se le hubiese dado tan ancho campo.