RÃo perdido
RÃo perdido Con gran disgusto de la joven, Macadam vio de pronto el bosquecillo en la parte trasera de la casa y expresó el deseo de ir allÃ, mostrándose súbitamente sentimental. Ina le llevó, mal de su grado. ParecÃale un sacrilegio…, algo que no lograba comprender del todo. La buena voluntad y simpatÃa con que aceptara entretener al amigo de su padre se desvanecieron bajo aquellos árboles seculares. Macadam trató por tres veces de apoderarse de la mano de Ina, y, por fin, ella protestó.
—Señor Macadam, creo comprenderle a usted —dijo—. Pero usted no me entiende a mÃ. Yo no tengo por costumbre dejar que los jóvenes retengan mi mano.
—Venga, Ina, sea usted comprensiva. ¿Qué importa eso? —dijo él.
—No importa mucho, es verdad, pero no lo deseo —repuso ella, separándose.
—Oiga usted, puede que me tome por tonto, pero no lo soy, ¿sabe? —replicó Sewell frunciendo el ceño.
—¿Qué quiere usted decir?
—Bueno…, no soy tan tonto para creer que es usted mojigata después de haberse pasado cuatro años lejos de su casa, tratándose con la mar de hombres. Además, mal empieza esto para nosotros si… nos hemos de…, si las cosas han…
La aguda mirada de Ina le obligó a callar.