RÃo perdido
RÃo perdido —Señor Macadam, está usted incurriendo en algún error. Nosotros, si se refiere usted a nosotros dos, usted y yo, no hemos empezado nada en absoluto. Hágame el favor, volvámonos a casa.
Sewell la acompañó de mal talante y la joven aprovechó la primera oportunidad para despedirse de él, mas Sewell llevó su petulancia al extremo de acompañarla al pórtico, donde los padres de ella se hallaban, en compañÃa del señor Setter. Pocos minutos después regresó Katie con su novio, e Ina pretextó buscar algo, retirándose a su habitación.
Tras una hora de meditación, le pasó el disgusto y el enojo, pero al mismo tiempo estaba determinada a que no se repitiera lo sucedido aquella tarde. No estaba segura de los motivos de su padre, pero comprendió clara mente sus deseos. SabÃa Ina de las pruebas que pasaban algunas muchachas del campo, los deseos de cuyos padres eran ley para ellas, y comprendió que no le quedaba más remedio que afirmar sus propios derechos desde el principio. De aquà que, cuando los convidados se hubieron marchado, se presentó de nuevo y se dirigió a su padre.
—Papá, ¿por qué me has dejado sola con el señor Macadam?
—¿Cómo? —exclamó el señor Blaine; y cuando le repitió la pregunta, respondió—: Creo que el joven Sewell ha venido a visitarte a ti.