Río perdido

Río perdido

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—Para mí, algo suave, amigos —dijo invitando a todos al mostrador—, pero tomad lo que gustéis, que pago yo. Y decidme que a todos os va bien, que así os lo deseo.

Pasó una hora en el bar, escuchando los mismos chismes que Nevada le refiriera y algunos más. Con uno de los vaqueros había trabajado y éste se explayó a su gusto. Cuando ya casi había terminado de hacer preguntas, entró Strobel, el alguacil mayor del condado. Ben conocía muy bien a aquel probo e inteligente oficial y sabía que le apreciaba.

—¿Cómo estás, Ben? —preguntó Strobel al saludo del joven—. Hace un año que no te veo. Cuéntame de ti. En aquella conversación comprendió Ben el sutil cambio que se había operado en sus asuntos y ¡todo en un día! Ben se vio obligado a expresarse de acuerdo con las extrañas ideas de Nevada y de sus buenos augurios para el porvenir. Y al hablar de esa forma, él mismo creía en la realidad de los hechos.

—Bien, bien, amigo Benjamín…, tengo que confesar que corren por ahí ciertas habladurías acerca de ti —dijo al fin Strobel en voz baja; y procedió a relatar al joven lo que de él se decía.

—Mire usted, Carlos —declaró Ben con sincero calor—, ésas son viles mentiras. Usted me conoce de niño y le ruego no me obligue a desmentir que yo pueda ser un ladrón de caballos.


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