Río perdido

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Ben tenía la costumbre de contemplar pensativo todo cuanto le rodeara mientras cabalgaba por las sendas, y aquel día sus facultades de percepción eran anormal mente activas, mientras que su corazón torturábase en encontrados sentimientos de pena, esperanza y duda. A pesar de los esfuerzos que hacía no le fue posible olvidar lo que Hettie le dijera en su carta acerca de Ina Blaine. Ben no podía dar crédito a sus palabras. Hettie le quería entrañablemente y había visto las cosas demasiado color de rosa; sin embargo, al pensar en Hettie, embargábale aquietadora dulzura. Era una locura soñar siquiera en lo que Hettie apuntaba en su carta, porque Ina Blaine no podía ser mujer de un solitario cazador de caballos salvajes como él.

Ben llegó a Hammell una hora antes de lo que se había propuesto. Dejó su caballo en el atadero de la baranda de los almacenes Ketcham y penetró en éstos. ¡Qué agradable era saberse libre de deudas! El saludo de Ketcham era tan cordial que complació a Benjamín. Cambió breves palabras con el inteligente comerciante y luego cruzó la calle para entrar en la casa de bebidas. También allí le dieron la bienvenida, pues desde el dueño, MacGill, y el mozo de mostrador, hasta los vaqueros, jugadores y de más concurrentes, todos conocían a Benjamín Ide.


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