RÃo perdido
RÃo perdido —Parece cosa seria —repuso Ben—. Pero de todos modos, Carlos, voy a darle un consejo: vigile a ese Less Setter. Entérese calladamente de sus negocios. Eso no hará ningún daño y puede proporcionar a usted una buena sorpresa.
—Tienes penetración, Ben —exclamó Strobel, mirándole fijamente—; confieso que has dado en el clavo. Despidiéronse en la puerta; Strobel se alejó muy pensativo y Ben, ensimismado también, se dirigió al sitio donde dejara atado su caballo. Al acercarse, vio un cochecito, enganchado al cual habÃa un tronco de caballos fogosos, y desde el interior de la tienda oÃanse voces alegres de gente joven. Ya iba a montar, cuando recordó que querÃa comprar fósforos. De esta suerte, llevando su caballo por la brida, se encaminó hacia la entrada de la tienda.
De ésta salió, bajando a saltos la escalera, una muchacha vestida de azul, que se detuvo de pronto. Ben alzó los ojos y contempló el rostro dulce, cautivador, de aquella niña cuyo recuerdo llevaba en el corazón. Ina Blaine, alta, esbelta, hallábase ante él, mirándole con aquellos ojos oscuros, aterciopelados, que siempre habÃan sido su mayor encanto.