RÃo perdido
RÃo perdido —¡BenjamÃn Ide! ¿Me conoces? —preguntó la joven. La alegrÃa, el reproche en la voz, en la mirada, sumieran a Ben en la más completa confusión. Dióse cuenta de otras personas frente a la tienda, de gente que estaba en el coche, y se dijo que era preciso no mostrar ante ellas sus emociones, y esto, añadido al acicate que para él era la intención de la joven, de saludarlo como viejos amigos, le devolvió su serenidad y sangre frÃa.
—Pero ¡si es Ina! —dijo estrechándole la mano que ella le alargaba.
—¡Oh, Ben, cuánto has crecido! —exclamó Ina, mirándole de arriba abajo—. ¡Pero si estás hecho un verdadero hombre…! Has envejecido, Ben… —La joven estudió su rostro y sus ojos se ensombrecieron—. Pero te reconocà en seguida… ¿Estás bien de salud, Ben…, de todo?
—Paréceme que me encontraba bien hasta hace un minuto —repuso Ben sonriendo.
—Eres el mismo de siempre, Ben —dijo Ina alegre mente, pero sonrojándose.
Sucedió a esto un momento de azaroso silencio entre los dos, que Ben trató de romper pronto.
—Estás muy bella, Ina. Espero que el regresar a tu casa te ha hecho dichosa.