Senda de héroes
Senda de héroes Después de cenar Sterl sacó su rifle, lo cargó y se alejó del campamento siguiendo la orilla del arroyo. El sol iba tomando un color de oro, iluminando los gomeros de reluciente corteza y bruñendo las largas hojas verdes.
El muchacho topó con un polipodio gigante, cuyas hojas graciosamente recortadas se extendían a gran altura sobre su cabeza. Era, sin duda, el árbol más majestuoso que Sterl había visto jamás. Se elevaba a más de doscientos pies, sin ninguna rama hasta mitad del tronco. Y entonces, ensanchaba los brazos, grandes, cada uno de ellos como árboles ordinarios. El coloso lucía un verde pálido con piezas redondas de corteza pardo rojiza que se desprendían.
De repente, el ojo de lince de Sterl advirtió que se había movido algo. Era un animalito pequeño, redondeado, de pellejo sarroso de color gris y cabeza chata con diminutas orejas. Se sostenía pegado a una rama mirándole con cómico espanto. En aquel instante el muchacho descubrió otro, más arriba, y otro más afuera, en la misma rama y, por fin, un cuarto que se mecía en la punta de una ramita delgada. Sterl llamó a grandes voces a Red y a Jones.
—¡Mira, Red! Jones, ¿qué son estos animalitos tan extraños?