Senda de héroes
Senda de héroes Asà transcurrÃan los dÃas, interminables, cada uno más tórrido que el anterior. Las hoyas pequeñas se secaron por completo, y todos los seres vivientes quedaron a merced de la más grande. En el cielo no asomaba ninguna nube. Y al mediodÃa las rocas estaban tan calientes, que a una mano desnuda le levantaban ampollas; el ganado dejaba de mugir, los pájaros de cantar, los aborÃgenes de moverse. Sterl, lo mismo que Red, habÃa medrado siempre muy bien en tiempo caluroso. TodavÃa podÃan dormir, pero despertaban con la ropa apelotonada y húmeda a causa del sudor. Sin embargo, cuando el mercurio subió a más de cuarenta y tres grados hasta a los vaqueros les fue difÃcil soportarlo.
Cuando preguntaban a Friday si las lluvias llegarÃan alguna vez, solÃa replicar:
—Quizá; más tarde.
Pero las horas más benignas renovaban el interés por las cosas del momento y la esperanza en el futuro.
Sterl nunca se cansaba de los indÃgenas ni cejaba en sus esfuerzos para observarlos y comprenderlos. Aquellos negros parecÃan encontrarse en un nivel de desarrollo mucho más bajo que Friday. Este último no podÃa precisar la tribu a que pertenecÃan, pero comprendÃa lo bastante su lenguaje para interpretarlo, y a través de él los regalos de Stanley Dann y de Slyter contrapesaron el terror y la hostilidad impuestas por Ormiston y sus vaqueros.