Senda de héroes

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Si Stanley Dann esperaba que los dos vaqueros se levantaran enfurecidos para protestar contra su calumniador, es que no conocía a su gente. Nada de lo que pudiera decir o hacer Ormiston los sorprendía ya.

Y, como el hado quiso que Leslie hubiera seguido detrás de los vaqueros y que Beryl, con las otras dos mujeres de más edad, le saliera al paso, con el manifiesto propósito de detenerla, todas se encontraron dentro del alcance de la voz austera de Dann. Sterl levantó los brazos con elocuente ademán. ¿Qué importaba?

Red no se había sabido fortificar con la amargura y la incomprensión como su amigo Sterl. Pero su caballérosidad innata no admitía, ni por asomo, que aquellas chicas pudieran creer tan vil difamación.

—Beryl, no hace falta que pongas esa cara tan terrible; al menos por mi culpa —le dijo en tono cariñoso—. Acabo de prometer a tu padre que no levantaría el arma contra Ormiston, a causa de lo que ha dicho.

Pero la muchacha contestó apasionadamente, fuera de sí: —¿No lo niegas, Red Krehl?

—¿Qué quieres decir, si no niego?

—La acusación de Ormiston de que vosotros, los dos vaqueros, vais de Leslie y de mí a...

a... esas lubras negras —chilló la afrentada muchacha. Debajo del curtido del sol, aparecía una palidez mortal, y sus negros ojos estaban dilatados de horror.


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