Senda de héroes
Senda de héroes Red hizo una contracción, como si fuera a sacar el revólver. En aquel momento, su cara perdió el color.
—¿Yo, negarlo? ¡Diablos, no! Yo soy de Texas, señorita Dann. Ustedes, los ingleses, no saben nada de Texas, y mucho menos de lo que un tejano exige en relación a las mujeres. Lo que tiene usted en la mente, Beryl Dann, lo que usted cree de mÃ, es lo que vale para su corrompido adorador. ¡Y, en nombre de Dios, algún dÃa vendrá de rodillas a mà por ello!
La muchacha retrocedió, con la boca abierta. Pero no pudo dominar el furor, los celos y el odio, las tres pasiones que la travesÃa habÃa incrementado a marchas forzadas. Y dejó que Red se alejara, muy erguido, sin una palabra más.
Leslie estalló en un grito salvaje.
—¡Sterl, Sterl! ¡O niegas esto... o... o te odio!
—Leslie, me tiene sin cuidado lo que tú creas —replicó Sterl, frÃo y altanero. Y dirigiéndose a los padres de las chicas, añadió después—: Dann, Slyter, y usted, señora Slyter, ninguno de ustedes puede dejar de ver los efectos que este salvaje terreno ultramontano ha producido en sus preciosos retoños. ¡Dentro de poco, perdonarán a Ormiston y a su tropa, lo mismo que ahora motiva sus insultos contra nosotros!