Senda de héroes
Senda de héroes —OÃd —dijo Sterl—. ¿No es, ciertamente, un son triste? No hay en él ningún gañido. Ni nada que se parezca al grito agudo y plañidero del coyote, que a los jinetes de la pradera nos gusta tanto.
—Esta noche hace demasiado frÃo para que nos molesten los mosquitos —observó Jones—. Encontraremos algunos más dentro del paÃs. Son capaces de picar a través de dos pares de calcetines.
—¡Diantre! —exclamó Red—. Pero eso no es nada en absoluto, Red. Tenemos mosquitos en Texas... ¡Vaya! Me contaron de un chico que se encontraba solo cuando una bandada de ellos se abatió sobre él. Ni humo ni fuego sirvieron para nada. ¡Por Júpiter!, que tuvo que deslizarse debajo de una caldera de cobre que tenÃa el cocinero. Pues bien, aquellos hijos del diablo agujerearon el metal. El muchacho cogió el fusil y se puso a machacarlos desde el interior de la caldera. Y... ¡asà me condene si los pillos de los mosquitos no se llevaron la caldera volando!
Los oyentes de Red permanecieron mudos bajo el estallido de aquel embuste; sin duda, empezaban a predisponerse a no tomar en serio nada de lo que el vaquero dijera.
Al momento, Sterl, precedido de Red, se dirigió a su tienda.