Senda de héroes
Senda de héroes El crepitar del fuego en el exterior le despertó. Las oscuras sombras que se movÃan en la pared amarillenta de la tienda le advirtieron que los gañanes se estaban levantando.
Apartando las haldas de la tienda, salió fuera. Más allá del vivo resplandor de los fuegos, el mundo aparecÃa negro como la brea, el aire era frÃo, las estrellas brillaban como grandes linternas blancas entre las ramas y en el centro del cuadro los vaqueros iban y venÃan silbando mientras enganchaban los tiros; y en el ambiente se condensaba un fuerte olor de jamón y té.
—Buenos dÃas, Hazelton —fue el alegre saludo de Jones—. Estaba a punto de lanzar aquel grito de los vaqueros: «¡Ven a comer!»... Salimos hoy, muy de mañana.
Sterl no podÃa recordar que se hubiese enfrentado con otro dÃa con tal optimismo.
Durante la ascensión, lenta y gradual, a través de la crecida maleza, no pudieron gozar del panorama, pero el melodioso gorjeo de las urracas, el chillido de las cacatúas y los dulces cantos de las tórtolas compensaban el madrugón. Al final de una larga cuesta, Jones condujo la reata hacia campo libre, dejando atrás el monte bajo.
—El Llano de los Canguros —anunció—. Treinta millas, y buen camino. Esta noche acamparemos al otro extremo.