Senda de héroes

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—¡Oh, magnífico... ¡Santos Inocentes! Amigo, ¿ves lo mismo que veo yo? —exclamó Red.

Sterl lo veía, indudablemente, y se había quedado sin habla. Delante de ellos se abría una llanura cubierta de ligera calígine, tan grande, que sus extremos se perdían allá, a lo lejos, diluidos en purpúrea vaguedad, casi un mar bruñido por un fuego color de oro. i Los tonos de la aurora le daban un aspecto tan puro, tan fresco, tan maravillosamente animado! ... Australia era pródiga en extensiones interminables. Sterl volvió a sentir otra vez el encanto de las distancias.

A medida que el sol se elevaba sobre los matorrales del horizonte, le parecía como si se agitara sobre la larga hierba una oleada de llamas y se fuera desparramando en todas direcciones dulce y perfumada, trayendo a su mente el recuerdo de los altozanos de Utah, cubiertos de salvia Al encontrarse otra vez en terreno bajo, el alcance de su mirada quedó restringido a un espacio reducido. En el punto en que los matorrales se encontraban con la llanura, una banda de dingos les obsequió con un coro de despedida. Por entre la hierba, de un verde grisáceo, empezaron a corretear los conejos, marchando delante y aumentando su número en tal proporción, que parecía que los había a millares.

—Una de las grandes plagas de Australia —explicó Jones.


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