Senda de héroes

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—Más tarde, venir las lluvias. Ir todo bien—. Y, de pronto, como si el problema de las lluvias no fuese del todo la cuestión decisiva, meneaba la negra cabeza y mirando a Sterl con aquellos grandes ojos insondables añadía—: Ormiston pensar conseguir ganado, quedarse a se— ñita Dann, todo. ¡Pero, no, patrón Hazel, nunca!

El viernes, trece de febrero, alcanzaron el límite de calor: cincuenta y un grados a la sombra. Debía de ser el límite, puesto que el termómetro estalló como si el mercurio hubiera hervido. Red dijo que resultaba un accidente favorable. Todos preguntaban incesantemente el calor que hacía mirando el instrumento, y calculaban cuánto subiría aún. En cambio, después, no habría manera de enterarse. El sol del mediodía dejaría los globos de los ojos sin luz. Sterl y Red se metían en el agua una docena de veces, sin molestarse en quitarse la ropa. Los pájaros, las bestias, los reptiles que Sterl encontraba en su paseo a primeras horas de la mañana, no se tomaban el trabajo de apartarse de su camino. Casi hubiera podido acariciar a los viejos canguros grises; y las aves silvestres le picoteaban, pero no huían.

La muerte de Hathaway, ocurrida una noche en que nadie le velaba, sustrajo a todos, incluso a los vaqueros, de su estado anormal de insensibilidad. Durante varios días, estuvo delirando y ardiendo de fiebre. Le enterraron al lado de Emily Dann y erigieron otra cruz.


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