Senda de héroes
Senda de héroes Leslie se portaba sorprendentemente bien. Había perdido muy poco peso. El sol le había dado un tinte muy oscuro, y se volvió más sosegada, menos expansiva, más considerada y obligada. No se cansaba de acercarse a Sterl, con subterfugios, insinuaciones inocentes, con esperanzas de las que ella misma no se daba cuenta, que nunca se veían satisfechas, y que la dejaban pensativa y triste.
Stanley Dann, en lo físico y en lo espiritual, demostraba ser el gran jefe que Sterl imaginó que sería. Se mantenía imperturbable, animado, lleno de confianza. Pero raras veces hablaba con su hermano y nunca se dirigía a Ormiston por propia voluntad; mientras que acudía a menudo para fumar y conversar al campamento de Slyter.
Cuando observaba a aquellas gentes, Sterl terminaba siempre por retornar al estudio de Friday, el aborigen, cuya talla aumentaba a sus ojos día tras día. Éste era un hombre. El color importaba poco. En la vigilancia nocturna estaba siempre con Red y Sterl; de las vidas de los vaqueros había hecho su propia vida. Y no pedía nada a cambio de su fidelidad. Separado de ellos por incalculables edades, por el misterio de los aborígenes y la oscuridad de su mente, sentía, sin embargo, como propias, sus fatigas, sus tristezas, sus terrores. Varias noches había dicho: