Senda de héroes

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Para Sterl, Eric Dann constituía un problema. El hombre llevaba algo en la mente; o bien una cobardía invencible, o bien le corroía la indecisión respecto a romper con su hermano, o alguna otra cosa; había en él algo secreto. Sterl había visto criminales que carecían de talla para hacer frente a la adversidad que pone a prueba las almas de los hombres, y creía notar un fugaz parecido entre sus maneras y las de Eric. A Ormiston se le había estirado el rostro y se le formaron grandes ojeras. Pero, en este aspecto, hay que advertir que todos los hombres habían perdido carnes, se habían endurecido y tostado, llegando a ser casi tan negros como Friday; y si es que sonreían alguna vez, Sterl no lo había observado. La diferencia existía, sin embargo, y era en los ojos de Ormiston donde radicaba. El ganadero nunca se atrevía a sostener su socarrona mirada. Había cesado de comer en la mesa de Dann, pero a la puesta del sol y al caer la noche, rondaba a Beryl y la retenía hasta muy tarde. Beryl Dann no conseguía perder la gracia de la forma o la belleza del perfil, aunque se volvía delgada y sus grandes ojos violeta brillaban con un mirar extraviado.





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