Senda de héroes

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El calor y las moscas se hacían insoportables. Sin embargo, la vida humana continuaba latiendo, si bien en todos los rostros y en el suyo propio se veían signos que revelaban a los sagaces ojos de Sterl que los blancos no podrían resistir allí por mucho tiempo. Los días eran terribles; el cielo, una vasta cúpula de cobre pegada a la tierra; la noche conservaba el mismo color hasta la aurora. El trabajo y las comidas se hacían antes de la salida del sol y después de la puesta. La manada de bueyes pacía lentamente de noche y descansaba de día. Las moscas les molestaban más que el sol. Habían nacido centenares de novillos. Stanley Dann tenía ya más ganado que cuando abandonó Downsville.

Como Bedford era un hombre flemático y resistente, se recobró de la peligrosa herida.

En cambio, Hathaway cayó bajo los efectos de una fiebre especial que ni Ormiston ni Dann sabían aliviar. La hermana de Stanley era una mujer entrada en años, no acostumbrada a la vida en el campo, y a despecho de lo que al principio parecía una cierta robustez, empezó a decaer. Sterl opinaba que su dolencia era más mental que física. Fue desecándose sencillamente hasta convertirse en una sombra de lo que había sido antes y salió al encuentro de la muerte con una alegría apagada y patética.


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