Senda de héroes
Senda de héroes El negro se sentó, cruzando las piernas de modo que el cuerpo parecÃa descansar sobre ellas. Resultaba evidente que el tabaco que Sterl le habÃa dado momentos antes, era cosa nueva para el indÃgena. Pero como el vaquero fumaba un cigarrillo, pronto el negro supo imitarle perfectamente. Adoptando el método que usaban siempre que los indios de la pradera visitaban su campamento, Sterl se encerró en un digno silencio. El negro era viejo; nadie hubiera podido establecer su edad. HabÃa hebras de plata en su lanoso cabello y la cara era un mapa de lÃneas que ponÃan de manifiesto el estrago de una lucha bestial por la vida. Sterl adivinó que dentro de ese salvaje latÃa el pensamiento y la pasión, y se sintió presa de la mayor curiosidad. Jones se separó de sus compañeros de equipo para acercarse y hablar con el negro.
—¿Haber negros cerca? —le preguntó.
—Puede ser —fue la concisa respuesta.
MÃ observar fuegos por toda la manigua.
Pero el indÃgena contestó a esta observación con el silencio. Al poco rato se levantó y con paso mesurado se internó en la oscuridad.
—¡Vaya pájaro raro! —dijo Red reflexionando.
—Me ha interesado, ciertamente —replicó Sterl—. Todo menos su olor: Rol, ¿todos esos negros huelen tan mal? —Algunos peor; otros no huelen en absoluto. El olor proviene de una sustancia con que se untan.