Senda de héroes
Senda de héroes —Ten la seguridad de que puedo resistir una buena dosis, Sterl... FÃjate, si hubiese dispuesto de una botella en este barco, no me encontrarÃa ahora casi moribundo. Sterl, antes de lanzarnos a la caza de un trabajo, bebamos como toneles.
—Suena bien, mas no es prudente.
—SÃ, pero de todos modos, nunca fuimos prudentes —protestó Red—. ¡Tú cargando con la culpa de aquel concierto de tiros! j Y yo lo suficiente loco para permitirlo!
Esta vez Sterl Hazelton no contradijo a su amigo...
TodavÃa observaba en el pecho el zarpazo del dolor... Nan Halbert le habÃa querido a él lo mismo que amó a su primo Ross Haigt... Ross, aquel Ross encantador y de dulce carácter —excepto cuando bebÃa vino, que lo perturbaba—, hijo único de un padre enfermizo que le habÃa de legar buenos campos y rebaños... Ross, el que mató a un hombre, que sin duda alguna lo merecÃa. Sterl se habÃa echado sobre los hombros aquel crimen que para él no lo era. Su familia habÃa desaparecido desde hacÃa tanto tiempo, que apenas si recordaba a nadie, como no fuera a su madre, maestra, que le mimó y le educó. En su vida no tenÃa a nadie más que a Nan. Y ¿qué habrÃa podido hacer por ella en comparación de Ross? Todas estas divagaciones le hicieron retroceder hasta el momento, de punzante recuerdo, en que Ross se enfrentó con él aquella última noche.