Senda de héroes
Senda de héroes —A lo largo de todo este terrible año, tú y Red habéis llenado mi corazón, el de Beryl y el de mamá con el ánimo necesario para seguir adelante. No es de extrañar que ahora os rezaguéis un poco. Pero no me defraudes, Sterl, ni dejes que Red defraude a Beryl. Él fue quien la salvó, él es quien está cambiando su alma... ¿Te molestaría sostenerme un poco, como solías hacer?
Pero Sterl se hizo el distraído, a pesar del calor que renacía en su corazón a la vista de la muchacha; se excusó como pudo y, conversando afectuosamente con ella, la acompañó al campamento. Las sombras cayeron sobre los silenciosos expedicionarios, que se dispersaron, unos hacia sus camas, otros a su tarea, y todos con el espíritu aplanado pero no vencido.
Hubo que emplear toda la mañana siguiente para poder subir la vacada al collado.
Friday, que había regresado de una descubierta, se dirigió a Stanley Dann levantando sus negras manos, nerviosas y perfectas, con los dedos bien abiertos.
—Patrón, quizás el ganado tener que pasar por allí —dijo. Y evidentemente significaba que tenían que dividirlo y emprender a través de varios canales hacia lo que fuese que se encontrara al final de aquel laberinto verde.
Y, así, la vacada se derramó del paso entre las cimas como una gran cascada, arrollándose y alborotando para desaparecer casi a capricho en la manigua.