Senda de héroes
Senda de héroes Stanley, manchado, sudoroso y mugriento, clavó en aquel pedazo de carne sus magnÃficos ojos ambarinos que no habÃan perdido su maravillosa luz.
—¿Qué harÃamos de las mujeres? —le preguntó.
—Pueden montar a caballo. Se lo he preguntado a Beryl, y me ha respondido que sà podÃa —replicó Eric, impaciente.
—Estamos a dos mil millas de todo punto civilizado. Beryl se morirÃa.
—¡Si llegase a desfallecer, podrÃamos transportarla nosotros! —exclamó aquel hombre extraordinario.
El gigante meneó la melenuda cabeza dorada con gesto de cansancio, como indicando que era inútil escuchar a su hermano.
—¡No podremos salir adelante! —chilló Eric levantando la voz—. He trepado a una cima para verlo. ¡No estamos ni a mitad del camino! Stanley, ¿nos sacrificarÃas a todos por tu indigna hija?
Red Krehl saltó sobre Eric, le derribó, y le hubiera pataleado a no ser por un agudo grito que le detuvo. Beryl y Leslie lo habÃan visto y oÃdo todo. Sin embargo, no pudo callarse.
—Dann, veo que todavÃa tendré que matar a este hermano suyo —predijo con amargura el vaquero.