Senda de héroes

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Bill, el cocinero, dio un paso adelante y sin la más leve vacilación dijo:

—Patrón, yo ya tengo de sobra. Me hago viejo. Volveré a casa con Bligh.

—Bingham, plantee la cuestión a nuestro negro, Friday —rogó Dann.

Slyter pronunció unas breves palabras en la jerga aquella que comprendía el indígena.

Éste se apoyó en su larga lanza y miró a los dos hombres con sus grandes e insondables ojos. Luego se volvió hacia Sterl y Red, hacia Beryl, hacia Leslie, y golpeándose el ancho pecho moreno con la esbelta mano, declaró con lenta y laboriosa dignidad:

—Yo no tener padre, ni madre, ni hermanos, ni gin, ni lubra. ¡Yo querer seguir campo adelante con los compañeros vaqueros blancos!

En otra ocasión, Sterl habría expresado estentóreamente; su alegría; pero entonces sólo pudo estrechar al negro en un abrazo. Red obsequió a Friday con unas palmadas en la espalda.

De pronto, se oyó dentro del cobertizo el estampido hueco de un disparo que paralizó los movimientos y la voz de todos. El aire se impregnó de olor a pólvora quemada. Luego siguió, el temblor convulsivo de la mano o el pie de un agonizante. Sterl había oído demasiadas veces aquel ruido para engañarse. Stanley Dann abandonó su rigidez para mover una mano con gran agitación.


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