Senda de héroes
Senda de héroes Allí pudieron recobrarse de aquellos excesos. Los caballos y bueyes, después de una larga etapa por parajes completamente secos, no se apartarían del agua dulce y exigirían muy poca vigilancia.
Sterl y Red, ayudados por Friday, se pusieron con toda calma a escoger un emplazamiento, a levantar la tienda y a disponer las cosas de la mejor manera posible para una larga permanencia. En tales tareas se les pasó todo el primer día. Los demás se habían ocupado poco más o menos en lo mismo. Así, pues, a la hora de cenar, al echar una mirada a su alrededor, le pareció a Sterl que el campamento tenía un aspecto hogareño. Sin embargo, el vaquero pensó que cuando se levantara el viento en aquel desierto sin obstáculos, tendrían que sufrir más aún que con el calor sofocante del campamento en las bifurcaciones del Diamantina.
La señora Slyter presentó en la mesa los mismos alimentos y la misma bebida de siempre, pero que casi no lo parecían a causa de su habilidad en guisarlos y servirlos. En cuanto a Beryl y Leslie, Red resumió su situación en estas palabras:
—Bien. ¡Maldita sea! Me figuro que con dos camareras tan bonitas como éstas un vaquero sería capaz de soportar los mismos platos durante toda una eternidad... ¡Vaya, muchachas, estáis delgadas como cañas y bronceadas por el sol como las hojas de otoño!
—¡No tanto como cañas! —rebatió Leslie.