Senda de héroes
Senda de héroes Dann se dio una palmada en la rodilla con la gruesa y ancha mano.
—¡Perfectamente! Merezco la repulsa; estoy demasiado obsesionado; soy demasiado egoÃsta. No obstante, sé bien lo que os debo a todos. Descansad si podéis. ¡Olvidad! ¡Buscad juegos! ¡DivertÃos! ¡Haceos el amor, Dios os bendiga!
Y mientras Dann se alejaba con ruidoso paso, Sterl observó que habÃa gris sobre el oro de sus sienes, que su figura no era tan erecta y magnÃfica como fue en otro tiempo. Y esto le entristeció. ¡Cuán a menudo acudirÃa a su mente el recuerdo de los que habÃan muerto!
El cambio brusco del trabajo excesivo, de la falta de sueño y del miedo, a una época de reposo, de desahogo, a una sensación de seguridad, surtió sus efectos en todos los expedicionarios. Éstos gozaron de una breve tregua de exquisita tranquilidad, antes de volver a emprender la marcha, antes de que se cerrara sobre ellos el vacÃo con las lÃneas sin lÃmite de sus horizontes de confines invisibles, el calor de dÃa; la espantosa soledad, de noche; la sensación de que habÃa que combatir, inexorablemente, contra la salvaje Naturaleza.
Sin embargo, nada ocurrió que por el momento justificase tal aprestamiento de almas y cuerpos. Si el calor del sol aumentaba, era de un modo imperceptible, que sólo podÃa comprobarse tocando un objeto metálico con la mano.