Senda de héroes
Senda de héroes Aquella noche el campamento quedó sumido en la desesperación. Dann ordenó levantar fortificaciones por ambos lados. Poco después, el negro llamó la atención del jefe sobre una extraña procesión que desfilaba en dirección a ellos. ¡Eran seres que no parecÃan humanos! Al llegar a las cercanÃas se detuvieron, se aproximaron más v más, se pararon otra vez, paralizados por el miedo, y, sin embargo, prosiguieron su marcha, empujados adelante por un impulso más fuerte. Los primeros en llegar fueron una veintena, o menos, de hombres excesivamente delgados, escurridos, negros como el ébano y prácticamente desnudos. Todos ellos llevaban lanzas, pero parecÃan todo lo contrario de seres formidables. Las gins eran verdaderas monstruosidades. Las pocas lubras que habÃa resultaban apenas menos repulsivas que aquéllas. Detrás de los mayores corrÃa una turba de chiquillos desnudos, agrestes cual bestias salvajes, de cabezas desgreñadas y vientres turgentes como bombos.
Friday se adelantó para salirles al encuentro. Sterl oÃa su voz, asà como las respuestas en voz baja de los otros. Pero el lenguaje de los signos era el que predominaba en aquella breve conferencia. El indÃgena regresó corriendo.
—Los negros morirse de hambre —anunció—. Muchos caer muertos. Ser bueno alimentarlos.