Senda de héroes
Senda de héroes Red...! ¡No lo tomes tan a pecho! —susurró Beryl, con voz casi imperceptible.
—¡Beryl, no cedas...! ¡No te desvanezcas como un soplo! —imploró Red, con voz alterada.
—Tú nunca te casarÃas conmigo a causa de...
—¡Nunca! Pero no a causa de aquello... ¡Yo no soy digno ni siquiera de secarte los pies!
—Eres tan grande como papá.
Sterl hizo alejar a Leslie, que sollozaba. Él por su parte, no podÃa resistir ya más. Red se quedarÃa para velar a Beryl hasta que exhalara el último aliento. Cuando apartó a Leslie de su lado y se deslizó en su prisión debajo de la carreta, arrastrándose como un animal que se escondiera en la maleza para morir, no creÃa que latiera en su pecho ningún sentimiento. Y se quedó dormido.
Se despertó de noche. La ausencia del mugido del viento, del murmullo de las hojas, del zurrido de las ramas, producÃa una sensación extraña. HabÃa una quietud, una oscuridad de muerte.