Senda de héroes
Senda de héroes —Aquà hay un bayo para mÃ. Le llamaré como tú, Red. Pero no veo ninguno negro semejante al que me has arrebatado.
A su espalda se elevó, vibrante, la rica voz de contralto de Leslie.
—¿Qué hay sobre un caballo negro?
—¡Hola! —contestó Sterl!—. Me preguntaba qué serÃa de usted.
—Buenos dÃas, Leslie —dijo Red—. En cierto modo, la prefiero asÃ, con ropa de montar.
No resulta una visión tan peligrosa para un pobre vaquero que haya estado montando un rato con eso.
Sterl pensó que, efectivamente, habÃa cabalgado y no pudo recordar ninguna muchacha de rancho que la igualara. Su chaqueta de cuero, gastada por el uso, las hebillas relucientes, las espuelas en que se veÃa un mechón de pelo de caballo, los ajados pantalones embutidos en las altas botas, su blusa gris y el colorido pañuelo, su cabello castaño, formando una trenza que le caÃa sobre la espalda; todo ello encantó a Red, aparte por completo, además, sus mejillas, adornadas de rosas rojas, a las que el aire y el sol habÃan dado un matiz dorado, y sus carnosos labios parecidos a cerezas, y sus fulgurantes ojos.
—A Red le tocó escoger primero —explicó Sterl a la muchacha—. Y me ha arrebatado ese negro.