Sendas en la arena
Sendas en la arena La contrición de Ruth, que le llevaba a mostrarse cariñosa, sufrió un eclipse. Esta escapada suya, que se presentaba como una promesa de libertad, empezaba a tomar otro aspecto.
Había pensado en huir del desierto, como durante años había ansiado, pero el desierto la había traicionado. ¿Se atrevería a ir más lejos con este joven, a quien sólo conocía desde hacía unas pocas semanas nada anís? ¿Podría decidirse a volver a Lago Perdido? Casi cualquier cosa sería preferible. El recuerdo de la posta de mercancías con su tétrico aparejo, y el del hombre que odiaba y temía le causó tal revulsión que le hizo estremecerse.
Entre tanto, Stone había sacado del vehículo las cantimploras y cestas y un rollo de mantas y los llevó hasta una roca pelada, plana, a la sombra en la base del risco.
Hecho esto volvió para ayudar a la muchacha a salir del carruaje ele altas ruedas.
—Ven. Será mejor que te instales lo más cómodamente posible mientras tengamos que permanecer aquí.
Ruth se puso en pie y se inclinó para alcanzar sus manos con la intención de saltar al suelo, pero el joven se agarró a ella, y la muchacha tropezó con la rueda, cayendo en sus brazos. Stone se la llevó hasta el pico sin preocuparse del aspecto poco digno que presentaba con sus vestidos en desorden.