Sendas en la arena

Sendas en la arena

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Su tono era el de un enamorado, suplicante, y, sin embargo, mezclado con una resentida incertidumbre.

—¿En ti? —preguntó ella examinando el terso y juvenil rostro con un súbito remordimiento.

—Sí, en mí —contestó él, tomando su enguantada mano entre las suyas.

—¿Qué quieres decir?

—Tú sabes lo que quiero decir, Ruth Larey.

—Te dije que no me llamaras Larey —dijo ella, enfadada, y trató de libertar su mano.

Stone la sujetó hasta que, viendo que ella no se suavizaba, la soltó bruscamente.

—Permitiste que te amase..., que te besase —estalló—. Dijiste que me amarías. Te has escapado conmigo...

—Ya lo sé, Hal —contestó la muchacha, contrita, moviéndose como si fuera a darle su mano de nuevo—. Tengo yo la culpa. Pero..., ¿no puedes verlo con mis ojos? Yo estaba sola, cansada del desierto, aburrida. Apareciste tú. Yo..., yo creí que te quería. Y te aseguro que estuve contenta de escaparme contigo. Pero yo nunca lo hubiera hecho... si hubiese sospechado que tú serías tan egoísta y tan rápido en... en tus exigencias.

—¡Bah! Eres una mujer rara —dijo el joven con ligero sarcasmo—. Haces que un hombre arriesgue su pellejo al fugarse contigo... y lo dejas plantado cuando quiere lo que tiene derecho a esperar.


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