Sombreros gemelos
Sombreros gemelos HabÃa mucha oscuridad en el interior y un olor a sequedad. Brazos despojó al caballo de la brida y de la silla, lo dejó en libertad, trasladó su equipaje al interior y lo depositó sobre el suelo. Luego se registró los bolsillos de cerillas. No tenÃa ninguna; después anduvo por la habitación con los brazos extendidos hasta que tropezó con un banco hecho de leños. Este banco, cubierto con las mantas de montar, constituirÃa para él un lecho mejor que a los que últimamente se habÃa acostumbrado. Finalmente, se acercó a la puerta y la cerró. El caballo estaba comiendo hierba en las cercanÃas. El cielo se habÃa cubierto de nubes oscuras, y el aire frÃo se habÃa moderado. A Brazos le pareció advertir en él un aroma de lluvia o de nieve. Los coyotes aullaban; unas cuantas hojas secas se arrastraban por el suelo; la negra melancolÃa del campo semejaba envolver la casucha. A Brazos no le agradaban el lugar, ni la noche, ni aquella desconocida opresión. Pero ¿cuántas veces se habÃa encontrado en aquel mismo estado de ánimo? Se encaminó de nuevo hacia el banco donde, desalentado y hambriento, demasiado descorazonado para que se preocupase de lo que pudiera suceder, excesivamente cansado para continuar pensando, se tumbó y se durmió.