Sombreros gemelos
Sombreros gemelos —Bueno; si ustedes creen que no debemos ahorcarle inmediatamente, nos lo llevaremos a la ciudad —contestó Bodkin con desgana.
—Oiga, señor agente —dijo Brazos aprovechando la ocasión favorable que se le presentaba—. Anoche, cuando acababa de hacerse oscuro fui detenido por tres hombres. Antes vi que intentaban esconderse con sus caballos detrás de aquellos árboles. Uno de ellos iba a dispararme un tiro, cuando otro le sujetó el brazo. Recuerdo con seguridad su voz y el nombre que dio a aquel hombre... Pues bien, los llamé y uno de los hombres se me acercó. No importa nada lo que me dijo. Pero, ¡por todos los diablos!, su treta me parece muy clara ahora. Se marcharon, dejé mi caballo en libertad y me acosté en esa choza. Me desperté varias veces durante la noche y oí lo que me pareció que sería el ruido de gotas de lluvia al filtrarse por el tejado. Me desperté poco antes del amanecer y oí el mismo ruido: ¡tic..., tic..., tic...! Y entonces noté olor a sangre. Me levanté, recogí en la mano algunas gotas (me caían... Eran gotas de sangre. Estaba sacando mi silla al exterior, cuando llegaron ustedes.
—¡ja, ja, ja! —rió Bodkin con estudiado desdén—. Y ¿qué camino pensabas seguir, Vaquero?
—Iba a ir a toda velocidad a Las Ánimas, señor agente Bodkin. Podría usted jugarse la vida a que es cierto —replicó Brazos.