Sombreros gemelos

Sombreros gemelos

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Brazos se sentó en su sitio acostumbrado y se entregó plenamente a la influencia de aquellas solitarias alturas, influencia que se hizo más intensa al saber que era la última visita, y por la necesidad de llevar consigo el recuerdo hasta donde los hombres vivían con sus afanes cotidianos. La Naturaleza había sido pródiga en aquel lugar, al que había dotado espléndidamente de una magnífica escabrosidad de cumbres y picos, de espectrales huesos de roca desnuda y pinos dorados, de centenares de picachos hasta los cuales sólo un águila podría llegar, de sus fajas color de escarlata, de sus manchas de oro, de sus negras franjas de abetos en las alturas y de las cárdenas cuencas de los desfiladeros que se abrían a sus pies.

Cuando Brazos estaba entregado a la contemplación un águila dorada cruzó su área de visión con las anchas alas extendidas en el vacío, dominando con su poder de aquel reino de las alturas. Repentinamente curvó las alas y se disparó como una centella hacia las profundidades.

El muro oriental del colosal semicírculo estaba amortajado por las sombras; era como una página negra de la montaña, misteriosa, con sus letras oscuras. Brazos siguió con la mirada la estribación occidental, que relampagueaba bajo el sol, hasta donde descendía una y otra vez, en una línea ininterrumpida, perdiendo altura y color, y se perdía y fundía en la llanura.


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