Sombreros gemelos

Sombreros gemelos

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La dulce risa de Janis no sólo dejó mudo a Sisk, sino que convirtió a Brazos en una estatua de piedra. La pareja siguió a las demás personas, que ya se habían alejado bastante.

Brazos permaneció quieto, bajo la luz del crepúsculo veraniego, como si de súbito se hubiera quedado tieso y frío, como si se hubiese convertido en roca, con la conciencia atormentada por un pensamiento único:

—¡Dios mío! ¡No era June!

Brazos había hecho frente a hombres perversos, ladrones, animales salvajes, al fuego y las inundaciones con mucho menos temor que el que le acometió al pensar que había de dirigirse al comedor de los Neece. Pero tenía que ir. El huir habría constituido un error fatal.

Brazos se aproximó a la alegre mesa como un hombre que llegase al punto de su ejecución.

—Brazos, ¿por qué has tardado tanto? Te llamé y te llamé... —dijo una de las gemelas, con los ojos llenos de risa. Debía de ser June.

—Volví para buscarle —terció la otra hermana, bajando los ojos—. No es un vaquero de las llanuras... Es sólo un fauno selvático.

—Reconozco que no sé lo que es eso —declaró Brazos con voz fría y lenta—. Pero al acercarse el otoño, cuando las hojas se vuelven rojas y doradas..., ¡me pongo completamente loco!

 


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