Sombreros gemelos
Sombreros gemelos —¡Purgatorio! ¿Eh? —murmuró Brazos sombrÃamente—. Bien; el endiablado español que puso el nombre a este rÃo dio en el blanco. ¿Purgatorio? ¡El rÃo de Las Almas Perdidas!
¡Maldición, si eso no resulta muy apropiado para mÃ! No soy otra cosa que un tonto a caballo, una bala extraviada, un alma perdida.
El camino ascendÃa desde el rÃo hasta llegar a una intersección con una carretera. La rápida mirada de Brazos sorprendió, entre la oscuridad que se espesaba, a tres jinetes que abandonaban un campamento instalado junto a unos árboles muertos entre los que habÃa una casucha oscura. Los jinetes dieron vuelta y se dirigieron en opuesta dirección, creyendo, aparentemente, que Brazos no los habrÃa visto.
—¡Hum! —murmuró Brazos para sà mismo—. TendrÃais que ser muchÃsimo más listos de lo que sois para... Ahora me pregunto cómo diablos llamaréis a una maniobra de esa clase.
Todos los instintos y todas las facultades de observación de un jinete de las llanuras se ampliaron extraordinariamente en Brazos, que frenó a su caballo a corta distancia del grupo de árboles que habÃa visto.