Una Mujer indomable
Una Mujer indomable Cuando Logan salió del carro después de haber realizado algunos trabajos, Lucinda se hallaba en pie al lado del perro y contemplaba los últimos resplandores del crepúsculo que se desvanecían en el Oeste. Logan dispuso su propio lecho al pie del gran pino cercano. Cayó la noche, y comenzó la hora que más agradaba a Logan. Encendió la pipa. Lucinda volvió inmediatamente.
—Estoy cansada —dijo—. Mañana estaré... perfectamente. ¡Buenas noches, Logan!
—Buenas noches, querida! Has sido muy buena y sufrida.
Y le dio unos cariñosos golpecitos en la espalda, torpemente; mas no intentó besarla.