Una Mujer indomable

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Huett gritó y corrió blandiendo el azadón. El puma saltó y llegó a dos tercios de altura de la cerca. Luego continuó trepando por ella con la agilidad de un gato. El animal clavó las garras en la parte superior y estaba elevándose cuando Huett, con un terrible oscilar del cuerpo, lo golpeó y lo forzó a caer de la cerca. El golpe fue tan potente, que arrojó al puma casi a veinte pies de distancia, hasta un rincón del cercado. Y lo dañó de modo notable, como Huett pudo apreciar con rapidez.

El colonizador saltó a su vez para aprovechar aquella favorable coyuntura que se le ofrecía y con la esperanza de poder asestar un golpe definitivo al gigante antes de que se recobrase. Llegó un instante demasiado tarde. El puma se volvió con terrible rapidez de modo que la nieve del suelo voló a su alrededor, y retrocedió hasta el mismo rincón, encogido para saltar, resoplando explosivamente, con los ojos tan resplandecientes como si fuesen dos globos de fuego.

—¡Ah, ya te tengo ahora! —exclamó Huett al mismo tiempo que agitaba violentamente la pala—. ¡Maldito devorador de terneras! ¡No volverás a comerte ninguna otra...! ¡Voy a partirte la cabeza!


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