Una Mujer indomable
Una Mujer indomable Lucinda vivía en un constante temor. Siempre que Logan estaba ausente, esperaba recibir una nueva visita de Matazel. Siempre creía oír el ruido de sus furtivas pisadas, el ruido que producían sus pies calzados de mocasines sobre el camino. A este temor se añadió el de que Logan pudiera no regresar de alguna de sus excursiones de caza.
—¿A qué se debe que nunca traigas caza? —le preguntó.
—Todavía es demasiado pronto. No hace aún el frío suficiente... Pero lo haré muy pronto —replicó él, hosco. Y, ciertamente, Logan recorría incansablemente el bosque y frecuentaba todos los caminos visitados por la caza; pero no perseguía a ningún animal de cuatro patas. Una tarde, cuando regresó, su tirantez y su tensión habían desaparecido. Lucinda vio que de su frente brotaban gruesas gotas de sudor. Por una vez, Logan comió desganadamente, sin apetito. Cuando ella le preguntó si estaba enfermo, Logan contestó:
—No tengo apenas apetito...