Una Mujer indomable

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—¡Llévame, George! —le suplicó Bárbara con rostro ávido.

—¡Sube!

George la llevó a pasear en torno al bancal, descendió al arroyo, lo cruzó enviando unos grandes lienzos de agua a su alrededor, siguió por el terreno llano y regresó entre una nube de polvo. Bárbara saltó del automóvil, radiante y emocionada.

—¡Oh, es estupendo! —exclamó—. ¡Cuánto corres...! Pero he... he tenido miedo.

—¡Demonios de gente joven! —dijo quejosamente Huett a Lucinda—.

¡Nuestros viejos procedimientos... demasiado lentos, demasiado lentos...!

Creo que me acostumbraré a lo nuevo si esos automóviles llegan a ser una cosa segura y sin peligro.

George no consiguió convencer a su padre de que podía tener confianza en los automóviles; pero antes de que llegase el invierno demostró que eran maravillosos para cubrir distancias rápidamente, para ahorrar tiempo, para aumentar la comodidad y el rendimiento de una mujer de su casa, para conducir el correo y las subsistencias velozmente a los ranchos.

—Compréndelo, papá —explicó George—. Has sido un colonizador anticuado por espacio de veinticinco años. De ahora en adelante eres un ranchero.


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