Una Mujer indomable

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La conducción de las nuevas reses, la reparación de las cercas, el trabajar desde muy pronto hasta muy tarde en los campos y otras muchas tareas propias del creciente rancho, hicieron que los días y las estaciones volasen corno si tuvieran alas. Los muchachos almacenaron cien toneladas de alfalfa y vendieron otros tantos bushels de patatas antes de que llegase la época de las heladas, cuando comenzaron a recorrer los viejos caminos con sus escopetas. Lucinda y Bárbara apresuraron el ritmo de su trabajo, prepararon innumerables jarros de peras y melocotones, de variantes y tomates, de manzanas y carne picada. Logan almacenó en el desván una carga de las mejores verduras que jamás había visto.

—¡Ah, Luce! —exclamó cordialmente—. ¿Recuerdas cuando dije que no nos moriríamos de hambre...? Las cosas se presentan con buen aspecto ahora... Bien, bien; han tardado mucho en llegar, pero...

En tanto que las estaciones transcurrían, la ganadería de Huett se dobló, triplicó, cuadruplicó. ¡De qué modo más sorprendente se multiplicaba ya! Las terneras parecían brotar como por arte mágica. La viuda de Steadman murió sin tener pariente alguno a quien legar su ganado, y sus varios millares de cabezas quedaron en poder de Huett.


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