Una Mujer indomable

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Primero, eran los automóviles; luego, los aeroplanos. Joe era un buen caballista, no hay duda... Bueno, pues se ha marchado a Francia, donde va a ingresar en el servicio aéreo.

—¡Diablos! —exclamó Huett—. He conocido un tiempo en que habría saltado de placer al oírlo. Estuve tres años en el Ejército.

—Yo querría prestar servicio en los ejércitos de tierra —dijo Abe—. Nunca he comprendido qué es lo que hace que esos aeroplanos se mantengan en el aire.

—No todos se sostienen en las alturas, según he leído —contestó George Papá, querría que hubieras estado en la ciudad. Habrías descubierto que en el mundo hay muchos lugares que no son el Desfiladero del Sicómoro. Y muchas más cosas en que pensar que las que hayas podido suponer.

Reconozco que me sentí un verdadero paleto. El señor Litte dijo que si Teddy Roosevelt hubiera sido presidente habría impedido que Europa fuese a la guerra. Y el Kaiser ha advertido a los Estados Unidos que si enviamos mercancías de contrabando hundirá nuestros barcos.

—Eso sería justo —dijo obstinadamente Abe.

—¡Claro...! Pero ¿no has pensado que los contrabandistas pueden disponer de la fuerza necesaria para enviar las mercancías en los barcos de pasajeros? Y los alemanes los hundirán aunque lleven americanos a bordo.

¡Qué complicación más terrible sería!


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