Una Mujer indomable

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—Entonces, ¿por qué se va también? —preguntó Lucinda severamente.

—Porque «tendría» que ir de todos modos... Pero aparte eso, porque quiere ir... Cuando estábamos en la calle señaló un cartel de guerra que había en la fachada de una casa. Representa un gorila que ha raptado a una mujer blanca. Y el letrero dice en grandes caracteres: «¡Salvad a vuestras novias de los hunos!» Y ésta es la causa de que Abe quiera ir, esto es lo que le impulsa a partir para los frentes de guerra. ¡Oh, oh, mamá..., no... no... no puedo soportarlo!

Y pareció hallarse a punto de desmayarse.

—Es preciso que te muestres fuerte, Bárbara. Por lo menos, hasta que los muchachos se hayan ido. No debemos permitir que lleven consigo el recuerdo de unos rostros afligidos. Es muy dura la carga que pesa sobre nosotras, las mujeres. Los hombres guerrean y las mujeres lloran, según sabes.

A las dos de la tarde de aquel mismo día, cuando el tren especial llegó a la estación, toda la población de Flagg y sus alrededores se hallaba presente.

Banderas y estandartes flameaban en las ventanas. Rostros jóvenes, tostados por el sol, ansiosos, en cierto modo primitivos y rudos, dirigían miradas de despedida a los espectadores. Aquellos jóvenes bromeaban y hacían observaciones jocosas a las muchachas presentes.


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