Una Mujer indomable
Una Mujer indomable La comitiva de Lucinda era solamente una de la docena de grupos similares que allí había. No habrían podido ser dejados a solas, aun cuando lo hubieran deseado. La multitud se mostraba ruidosa en sus aclamaciones, en sus despedidas, en la expresión de sus buenos deseos a los jóvenes batalladores. Lucinda pudo ver a lo largo de aquella línea de espectadores los húmedos ojos de las mujeres. Eran madres, hermanas, novias de aquellos valientes que se iban a la guerra. La luz de la gloria, que apagaba apagaba el brillo de los ojos oscurecidos por las lágrimas, expresaba el secreto de su sacrificio. Aquella aclamación de la mujer al soldado era una cosa que estaba en la entraña de la raza.
—¡...al tren! —gritó una voz en la estación.
Grant puso los brazos en torno al cuello de Lucinda y de Bárbara. Las lágrimas rodaron por sus mejillas.
—Adiós, mamá... Adiós, Bárb... ¡No os aflijáis... tanto! Hay muchas probabilidades de que ni siquiera lleguemos a Francia... ¡Hasta la vuelta, papá! ¡Buena suerte en la venta del ganado!
Y cogió su equipaje y montó presurosamente en el tren.
Abe se apartó para permitir que George se aproximase a Bárbara. La proximidad de la partida le había serenado. Su despedida se compuso de un beso y una galante sonrisa.