Una Mujer indomable
Una Mujer indomable Entraron en una taberna que formaba esquina y se sentaron a una mesa. Huett se colocó el paquete entre las rodillas, donde no pudiera ser visto. Y los tres bebieron. Huett no quiso ni escuchar a sus compañeros, que querían corresponder al convite... No. Era cosa de la que ni siquiera se podía hablar en un día como aquél. Luego pidió otras copas. Apenas habían abandonado los vasos sobre la mesa, cuando Mitchell entró en el establecimiento acompañado de un hombre vestido con ropas civiles.
Mitchell vio a Huett y sus amigos, y atrajo hacia ellos la atención de su acompañante por medio de una risa y un gesto indicador. Ambos se volvieron repentinamente y salieron de la taberna.
—Esos hombres orientales del ejército son muy raros —observó Holbert.
—No es extraño que ese hombre se comporte de una manera desconcertante —dijo el astuto Doyle—. Hay que tener en cuenta que un ganadero le ha vendido sus reses a un precio muy alto y que luego su hija le ha dado con la badila en los nudillos.
—Bebamos otra copa dijo Huett riendo.