Una Mujer indomable
Una Mujer indomable Holbert y Doyle fueron los primeros en ponerse en pie; se situaron uno a cada lado de Huett y abrieron paso entre la multitud. El corto dÃa del otoño casi habÃa terminado. Un frÃo viento descendÃa de las cumbres y el polvo giraba revueltamente. Los acompañantes de Huett se cercioraron de que nadie los seguÃa. Y se separaron de él a la puerta de su casa.
—Oye, viejo amigo —le dijo paternalmente Doyle esconde ese dinero en lugar seguro y duerme esta noche con los ojos abiertos.
—Y no dejes de tener a mano las armas —añadió Holbert—. Es posible que te haya visto salir algún mal hombre de aquel despacho.
Logan entró y cerró la puerta. El gabinete estaba acogedor con su luz y el fuego que ardÃa en la chimenea. Un olor a tocino y a jamón se escapaba de la cocina. Lucinda apareció frotándose las manos con el delantal, y Bárbara salió corriendo de su habitación.
—Bueno, Bárbara, ¿has visto a tu admirador, el soldado, hoy? —preguntó jovialmente Logan mientras colocaba el paquete sobre la mesa.
—¿Si lo he visto? Papá, no hace ni siquiera media hora que me hizo unos gestos de burla en mis propias narices, —Luce, corre las cortinas y cierra la puerta de la cocina. Quiero enseñaros una cosa.
Sus grandes manos temblaron al separar la cinta de goma que cerraba el paquete.