Una Mujer indomable

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Luego comenzó una dura prueba para la paciencia de Huett. Y en tanto que esperaba, leía los periódicos, paseaba por las calles y se sentaba en los bancos de los parques. Solamente le sostenía lo indoblegable de su espíritu.

Huett recibió cartas inquietantes de Bárbara y Lucinda. Su esposa le suplicaba que regresase sin darle razón alguna, y Bárbara le comunicaba, en tono afligido, que hacía un mes que no recibían noticias de los jóvenes.

La primavera llegó pronto a Washington. Huett pasaba el tiempo sentado en un banco público, escuchando a los gorriones, percibiendo el agradable calor del sol, observando el lento cambio verdeciente de la hierba y de los árboles.

Todos los días visitaba el despacho de su abogado para preguntar si su demanda haba sido presentada. La última vez, oyó claramente que se le anunciaba: «ese agricultor de Arizona», y cuando recibió, por medio de una señorita la respuesta de que la vista de su causa había sido aplazada hasta el mes de septiembre, Huett se sintió víctima de un asombro y de un furor desesperados. ¡Septiembre! Si permaneciese tanto tiempo en Washington, se volvería loco. Pero, por otra parte..., su dinero..., su fortuna..., el pago de sus treinta mil reses..., el fruto de sus años de trabajo... ¡No podía abandonarlo!


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