Una Mujer indomable
Una Mujer indomable El diputado Spellman regresó. Recibió calurosa y cordialmente a Huett.
Spellman era occidental y había sido ganadero. Oyó sinceramente conmovido la larga historia de Huett, y a su final emitió un juramento legítimo de las campiñas de Arizona.
—Huett, lamento tener que manifestarle que el caso de usted es desesperado —continuó—. Absolutamente desesperado. Little debería habérselo hecho comprender con claridad. No tengo ni siquiera la más ligera duda de que usted ha sido robado. ¡Estafado, chasqueado! Toda la nación está ahora llena de actos de codicia y de maldad. Su caso es uno de los muchos que se cometen a millares. Según los informes de los compradores, usted recibió el dinero, firmó el recibo y fue visto bebiendo en una taberna de Flagg. No tiene usted probabilidades de hacer que su demanda progrese ante un tribunal.
—Ya he iniciado una demanda —replicó Huett, fatigado—. He pagado doscientos dólares anticipadamente.
—¡Dios mío! Huett, no es usted más que un cordero occidental entre los lobos del Este. ¿Quién le ha arrebatado esa cantidad de dinero?
—¿Arrebatado?
—Sí. Es usted lo que familiarmente se llama un «primo». Washington está plagado de abogados trapisondistas y desvergonzados. Es muy probable que haya caído usted en manos de alguno de ellos. ¿Quién...?