Una Mujer indomable
Una Mujer indomable —Highgate & Stanfield. He aquà su tarjeta. Uno de ellos..., no sé cuál..., me garantizó que recobrarÃa mi dinero. He esperado durante varias semanas.
Ayer se me dijo que mi demanda habÃa sido aplazada hasta septiembre.
—¡Hum! —gruñó el diputado; y tomando la tarjeta, se dirigió al teléfono, donde marcó un número y otro después. Huett no escuchó lo que decÃa.
Estaba demasiado ofuscado y arrebatado para que pudiera escuchar. Finalmente, el diputado Spellman colgó el receptor y recogió su cigarro—. Esa sociedad no figura entre las de los abogados de Washington dignos de confianza. Y no se ha presentado a nombre de usted ninguna demanda. Ha sido usted engañado una vez más.
—¡Ah...! HabÃa comenzado a sospecharlo.
—Huett, la situación es endemoniada. SerÃa suficiente para matar a la mayorÃa de los hombres. Pero usted es del Oeste. ¡Uno de los viejos y duros colonizadores de Arizona! ¡No podrá matarle a usted! Es un nuevo golpe adverso..., el más rudo de toda su vida, indudablemente... Pero sólo representa una pérdida de ganado. Eso no tiene importancia para un hombre de los campos de Arizona. Vuelva a su campiña y a sus vacas. Los precios del ganado volverán a subir hasta gran altura. Unas pocas temporadas de lluvia y pastos... y otra vez estará usted a flote, buen occidental.