Una Mujer indomable
Una Mujer indomable No obstante, aquello era el hogar. Y el dolor de su angustia fue espantoso. Logan debería haber vivido para su familia, no para el ganado. Su gran ambición había sido un desatino. Su avaricia le había arruinado. Había sido aporreado duramente cuando se hallaba en la flor de la juventud, de su prodigiosa fortaleza física. Y lo mismo que una visión aguda y perfilada, se le aparecieron tres chiquillos de ropas desgarradas y rostros sucios que jugaban junto al arroyo. Y un grito brotó de su alma:
—¡Oh, hijos míos, hijos míos! ¿Por qué no quiso Dios que muriera en lugar de vosotros? ¡Oh, hijos míos, hijos míos!»
Había telegrafiado a su esposa para decirle el día que llegaría a Flag, lo que, sin duda, fue causa de que Doyle saliese a recibirle a la estación. Iban con él Doyle, Holbert, Hardy y otros amigos. Pero Lucinda no fue. Nadie que los hubiera observado habría podido sospechar a través de su acogida que todos suponían que el mundo había terminado para Logan Huett. Los arizonianos tomaban los duros golpes de la existencia como accidentes de la vida en los campos. Ninguno de los amigos hizo mención de la pérdida de los tres hijos de Logan.
—¿Cómo te ha ido por Washington, viejo amigo?
—No bien, Al —respondió en tono cansado Logan—. El diputado Spellman me dijo que era inútil presentar una reclamación contra el Gobierno.